Cuando en el calendario romano había más días festivos que laborables

Saturnales, Lupercales, Quirinalia, Sol Invictus, Bacanales o los Juegos de Apolo son solo unos pocos ejemplos de las muchísimas celebraciones que se realizaban en tiempos de la Antigua Roma y en las que participaba prácticamente todos los  miembros de las diferentes clases sociales (patricios, plebeyos, clientes, libertos…).

Tomando como referencia todas esas celebraciones, se ha calculado que en el calendario romano había más días festivos que laborables (dos fiestas por cada día de trabajo), algo que a primera vista nos podría hacer dudar sobre cómo se podía sostener la economía de un imperio tan potente si la mayoría de su tiempo los ciudadanos romanos se lo pasaban de jolgorio en jolgorio, siendo interrumpido el comercio y las transacciones económicas durante esas jornadas.

Entre las muchas recomendaciones que se hacía a la población estaba el no entrar en litigio o disputas personales en los días previos a cualquier celebración, debido a que la resolución de cualquier tipo de conflicto debía esperar y ser aplazada a una jornada en la que no se celebrase fiesta alguna. 

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Tal y como estaba diseñada la estructura de la sociedad romana quienes realmente cargaban con todo el peso del trabajo eran los esclavos, el escalafón más bajo que existía y quienes eran obligados a trabajar sin recibir retribución alguna. Escasos eran los ciudadanos romanos que desarrollaban actividad laboral alguna y éstos eran aquellos que poseían algún tipo de negocio pero que, evidentemente, eran atendidos por esclavos.

Cada festividad romana se catalogaba según su importancia y a quién estaba dedicada. Comunes eran las que se realizaban para homenajear a una deidad, las que marcaban los solsticios y cambio de estación, para celebrar las cosechas o simplemente porque estaban patrocinadas por algún influyente ciudadano que se postulaba como magistrado y que organizaba juegos e incluso combates de gladiadores con los que ganarse la simpatía de los votantes.

Pero a partir del siglo IV, tras promulgarse el ‘Edicto de Milán’ dando vía libre a la libertad de culto, el cristianismo se hizo con el control de los estamentos más importantes de la sociedad romana y empezaron a ir despareciendo paulatinamente la mayoría de todas las celebraciones consideradas paganas y las pocas que perduraron acabaron modificándose para convertirlas en fiestas religiosas del catolicismo.

Algunos ejemplos son las Lupercales cuya celebración caía el 15 de febrero y se realizaba en honor a Lupercus, protector de los pastores, sus rebaños y como homenaje a la  loba que amamantó a los gemelos Rómulo y Remo y que fue sustituida por la fiesta religiosa de San Valentín del 14 de febrero; las Saturnales (fiestas en las que los agricultores, esclavos y personas que trabajaban al servicio de otros, conmemoraban a lo largo de una semana a Saturno, el Dios en la mitología romana de la agricultura y la cosecha) fueron trasladadas al mes de febrero y se modificó convirtiéndola en una celebración previa a los días de abstinencia y ayuno de la Cuaresma (lo que hoy conocemos como Carnaval) o el Sol Invictus, conmemoración al Sol como Dios superior entre todas las divinidades romanas y que se celebraba el 25 de diciembre, día en el que, según el antiguo calendario juliano, entraba la estación más fría del año y el fin de los días oscuros, que fue sustituida por la Navidad, marcando tal día como el del nacimiento de Jesús (aunque en realidad no tuviera nada que ver).

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